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Era un pan de amor

January 15, 2020

 

No llovía, pero el viento resoplaba con vehemencia, sacudía los fiambres colgados en palos altos, enfilados gigantes que aromatizaban con su danza ritual el frío paisaje, atraían hasta sus entrañas un chingo de garzopetas de los mansos charcos del valle de Atemahuston para refugiarse por las noches. Era el camino real a Zapopan, enmarcado por los enormes Álamos al pie del sendero en el mero varrio de Mezquitán.

 

El criminal metido a héroe vestía de cuero, su indumentaria negra acharolada hasta el sombrero lo hacía sentirse el señor de las tinieblas. Siempre bien fajada una Smith and Watson al cinto y un Winchester al hombro. Montaba un alazán tostado casi igual de bestia que él.

 

Detuvo su cabalgadura y uno de sus vasallos se acercó para detener el corcel.

 

-Oh oh oh ¡Quieto Veneno!

 

-Con la novedad mi amo, le anunció el siervo, que uno de los colgados desapareció por la noche.

 

Borrayo bajo de su penco y pidió que todos los achichincles se reunieran.

 

Con su voz de niño grito taladrando los oídos de su ejército de hombres malos: “¿Quién se dio cuenta de la desaparición del ajusticiado?”

 

Nadie contestó.

 

Volvió a gritar, su voz fue un chillido estridente hasta la madre: “¿Cuál es el cadáver que hace falta?”

 

-El muerto que desapareció es el Mono amo. Grito uno de los siervos.

 

-Amo, el Mono era mi hermano, contesto Martínez Soberanes dando un paso al frente, yo lo descolgué para darle cristiana sepultura; no soporte verlo ahí pudriéndose. Le ruego su perdón.

 

Borrayo, se aliso los bigotes y con el fuete increpo a Martínez Soberanes.

 

-¿Sabes porque colgué a tu hermano? No fue por asaltadiligencias, no fue por ladrón ni asesino, al Mono lo colgué porque se atrevió a mirar a Doña Josefina Romero.

 

Hacia más de 9 años que la hija de Don Eleuterio Romero de la Tatema, amo de la hacienda de los Colmenares, vagaba en pena por los linderos de La Mezquitera, el barrio de Belén y el valle de Atemahuston. Era un secreto a voces, el único que se decía, la había visto y no solamente visto sino hablado con su espíritu era Hacheniel pero como todo mundo lo tiraba a loco, pirado del celebro, nadie le creía.

 

Una noche de taberna con Mamá Dolores, después de sucumbir al hermoso verbo de Hacheniel, quien magistralmente embelesia a quien departiera su perorata y del cual bebía, a sus costillas los

 

 

 

mezcales más famosos de la comarca, el Mono salió rumbo a su tienda que campaña en estado volátil, es decir Astalamadre.

 

La atmosfera fría, negra, desolada, solo se escuchaba el sonido del viento como bisbiseo de cigarras, su cuerpo iba envuelto en su manta y con el sombrero se tapaba el rostro, solo dejaba un pequeño visillo para orientarse hacia el campamento. De pronto, como quien choca con una piedra de un solo golpe seco su humanidad se detuvo. Se quitó el sombrero de su cara de maldito y empuño el machete, pero lo que vio él solo lo supo. Su embriaguez se difuminó y como si le hubieran puesto un cohete en el fundillo llego al campamento gritando como loco que se había encontrado con la muerta. El chisme corrió como pólvora pero el Mono quedo ido y afónico. No hubo poder en sobre esta tierra que lo hiciera volver siquiera a mascullar palabra alguna.

 

Borrayo pidió que lo llevaran con él para interrogarlo, entre ocho hombres lo sometieron y atado de pies y manos su cuerpo estuvo a merced del jefe.

 

-Déjenme solo con el Mono, hizo salir a sus subalternos.

 

Con una de sus botas de piel de Tuano sobre el pecho del Mono, Borrayo indagó: “¿Dime que fue lo que viste pinche Mono? ¿Viste el ánima de Doña Josefina?”.

 

El Mono estaba mudo, ni una maldita voz, ni aliento volvió a salir de su boca. Borrayo exigió a los truhanes que lo colgaran para escarnio y que lo dejaran ahí hasta que cayera a pedazos.

 

Martínez Soberanes lloró la muerte de su carnal en secreto, dos tres cuatro días estuvo rezando y gimiendo. La quinta noche no soporto más y como pudo bajo a su hermano del palo. En una carretilla lo condujo a las afueras de la Mezquitera pero como se viera acosado por los espíritus de sus muertos; asesinados con sus propias manos y el hedor del insepulto decidió enterrarlo en tierras baldías, donde ahora se conoce como el panteón de Mezquitán.

 

Borrayo de un fuetazo hizo que Martínez Soberanes se hincara, con las manos detrás de la espalda y humillado rogó su perdón.

 

-Vas a traer el cuerpo de tu hermano y lo volverás a colgar del árbol de donde lo bajaste, tendrás un castigo ejemplar por transgredir y quebrantar mis órdenes.

 

Martínez Soberanes se dirigió con pico y pala al lugar donde enterró al Mono, llegó hasta la sepultura y mientras escarbaba sintió un aire helado en sus espaldas. No quiso voltear, siguió cavando hasta topar con el cuerpo putrefacto.

 

Una hebra de voz de hermosa doncella le caló hasta la médula de sus huesos: “déjalo ahí, no profanes la paz de los sepulcros”.

 

Sabía que era ella pero no quiso verla.

 

 

 

Llevó a su carnal hasta los dominios de Borrayo. Lo ató a una de las ramas del Álamo asignado, sus extremidades estaban rotas y su piel se desgarraba.

 

No hubo piedad, Borrayo ordenó a sus compinches que lo colgaran junto a su hermano.

Martínez Soberanes mientras exhalaba su último aliento escuchó la voz de su hermano murmurar: “¡Era un pan de amor!”.

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