La bestia


Me vine a vivir al cantón de La Costy, porque no me quedo de otra; mi chava cambio la combinación de la chapa y mi llave no abre la pinche puerta, Lucrecia había envuelto en una sabana todas mis garras, cuando toque el timbre para que me abriera se asomo por la azotea y me aventó el bulto. Me grito: -Lárgate a la chingada, no quiero volverte a ver. Le conteste: “Otro día regreso por el resto de mis cosas”.

Asumí la bronca de la separación con tranquilidad, nuestra relación amorosa había girando de lo maravilloso a lo tormentoso hasta convertirse en mil demonios, no podíamos respirar el mismo aire. A casa solo iba a bañarme y cambiarme de ropa y a veces, cada vez menos, a dormir. De modo que acepte mi libertad de nuevo, aunque tuviera que ser yo el corrido. Le llame por teléfono a mi compa el Chavo, para decirle que si rentaría el cuarto que me había ofrecido días atrás con el fin de compartir gastos. Me contestó: “Cámara carnal, llégale acá te esperamos”. Tomé un carro de alquiler y le pedí al chofer que me llevara a la calle de Venustiano Carranza y la Otra, en la Colonia Constitución. El taxista de volada me sondeo: -para allá te va a salir en un toleco compa, porque esta cabrón arriesgarse, y me tienes que pagar por adelantado, ¿si quieres?”. Chale con los servidores públicos, todos son iguales de manchados, saqué el billete de 50 varos y aventé el tambache al asiento trasero. El Obrero del volante, agüevo, se aventó la bromita: “¿a dónde vamos a tirar el muertito?”, entonces me di color de que la pinche garra apestaba a rayos, pero la neta apestaba mas la casa, con la pinche insoportabilidad de mi ruca o ¿mi ex ruca? Al taxista le salió el psicoanalista que todos llevamos dentro (cuando la bronca no es de uno) y en la primera oportunidad me aconsejo: -mándala al birote, hay un chingo de rucas, de rato apañas una que te aliviane y te de hasta para tus vicios, nomás aguanta-. ¡Nombre, la reencarnación de Mauricio Garcés y el puto Froid en persona y de taxista!

Llegue al Cantón de la Costy, mientras me abrían se me acerco un bato down, que me miraba y me decía que le diera un cigallo, el compa estaba golpeado, traía un ojo morado y sobre su cabello se le veían costras de mugre y sangre, las marcas del sudor eran como de sanguacha y su gesto terrible: dame un cigallo, un cigallo; hacia la finta con el índice y el medio como si trajera un cigarro invisible, jalaba el humo, también invisible y luego lo soltaba poco a poco, aferrado a que le diera un cigallo. Como pude saque mi cajetilla de Delicados y le pase un tabaco. Ahora si, se lo puso en la boca, saco una cajita de cerrillos para encenderlo y se fue riendo, echando humo como chacuaco, entonces se abrió la puerta y salió el Chavo, en chinga me dijo: ¿Ya te vacuno el cigallos, verdá? Le contesté que si, luego le pregunté por que estaba tan madreado. Me contesto, mientras me ayudaba a pasar el bulto, que su jefa lo golpea porque le da vergüenza que ande pidiendo cigallos. Ya adentro del cantón el Chavo me condujo a la recamara que me tocaba, salude a Kiko que estaba sentado en el sillón de la sala con los pies sobre la mesa de centro, traía unas sandalias verdes fosforescentes, que nomas me dio cura, el bato movió la cabeza en son de quehuboleyhastahi. El cuarto no tenia casi nada de muebles; un catre, una mesita, una silla con el logotipo de la cerveza corona y en la pared un cuadro con unos perros jugando billar. El closet vacio. -¿Cómo ves, te late?, me pregunto el Chavo y continuo diciendo, -esta más shida que el pintón. Nos quedamos viendo en silencio aceptando el trato, el Chavo se tiro un pedo y nos reímos. Salimos a la sala, Kiko estaba armando un poderoso gallo. Les dije que me tenía que ir a trabajar pero que en la noche nos veíamos para platicar con calma. Kiko contestó que simón, que nos wachábamos para brindar con unas chelas y darme la bienvenida. El Chavo afirmó: -¡agüevo!

Serían como las siete ochenta de la noche cuando regrese. En el camino pensé; en por qué chingados no le pedí una copia de la llave al Chavo para no tener que tocar y esperar que me abrieran. Ya estaba casi en la puerta cuando se me apareció el cigallos, de nuevo me vacuno, pero esta vez me detuve tratando de descifrar el mapamundi de cicatrices que tenía en su cara de tanto madrazo. Llamé a la puerta, me abrió Kiko, me dijo: “¿Ya conociste al cigallos? vive aquí al otro lado”, luego haciendo una caravana me señalo un sillón en la sala. El recibimiento fue con unas Kawasakis y desde luego Kiko encendió el Flavio, llenamos los vasos de plástico con chela y brindamos por el encuentro. La neta si alguien me hubiera dicho que la vecindad se iba volver a reunir no lo hubiera creído. Conversamos de los tiempos juidos, de las peripecias del Chavo en el gabacho, de cómo se jode la raza en los Esclavos Unaites, de cómo y porqué se largo de trampa, sin paipers, ¡así, a la brava loco! por la bronca que se aventó con Don Ramón por culpa de la Chilindrina. Ja, jajaja pinchi chiliskis al final se prendió machín, se le subieron los humos y se fue a volar, seguíamos llenando los vasos y hasta el churro nos chingamos. Salió canija la chiliskis, se montó en su macho y nos dio pa´tras a todos los de la vecindad. Dicen que dejo de visitar a su jefe y corrió el rumor de que no le fue muy bien, que la andaban exhibiendo en un circo. Kiko nos tenía a risa y risa, nos platico que él también se había metido en un circo pero le fue mal, lo traían de rancho en rancho, peor que a Capulina, pero se volvió internacional, anduvo por toda Latino América hasta que se estableció en Chile, con unos tipos que lo contrataron para un programa de televisión pero tampoco le fue como el esperaba, entonces se puso a vender anfetas y otros polvos para sacar el varo, en ese bisne le fue mejor, se conecto con Don Ramón para hacer trafique del Cono Sur al D.F.. Primero se fue Don Ramón a Chile con el paro de hacer el programa de televisión juntos y luego iniciar el negocio, pero eso valió ched, en el tercer envió aperingaron a Don Ramón y soltó la sopa, de modo que Kiko tuvo que pagar con cárcel 8 años, una condena de 16 por tráfico de drogas, crimen organizado y ve tú a saber cuantas agravantes. Pinche Kiko, de la risa se fue al llanto, mientras se forjaba otro churro, se entristeció por los años perdidos y por que no pudo estar en el sepelio de su jefa. El Chavo se pulió ajerándolo con que era un pinche llorón, que a poco creía que su jefa le iba a durar toda la vida, que siempre fue un niño mimado, que hasta creía que se iba a hacer maricón, siempre atrás de las faldas de doña fodonga. ¡Uta, con el Chavo! Estaba viendo la mar desbordarse y le echaba más sal a la llaga. Kiko, se puso serio y nomas resollaba como toro, se empezó a poner rojo de encabronando. Le dije al chavo que cambiaros de tema. Las chelas se habían terminado. El Chavo propuso ir por otras. - ¡vamos pinche Kiko para que te calmes!, le dije mientras agarrábamos los envases de las kawas. -Simón, loco. Dijo el Chavo, nomás cámbiate de chanclas porque con esas pareces puto. Ja, jajaja. –Ni madres culero, así me voy si quieren y sino, pos vayan y chinguen a su madre, refunfuño Kiko. Ya estaba caliente el perro, entonces se me ocurrió que podía calmar el acelere si me tendía yo sólo a la tienda por las pinches kawas, pero nel, cada cabrón agarro su envase y nos lanzamos por la causa.

En la calle Kiko iba muy anchón, como barquito de papel, el Chavo alegando que el cabrón de Kiko todavía no conocía bien el barrio y ya andaba de faramalloso, que la onda era serena porque la banda del terreno es muy sácale punta. -Me vale gaver, dijo Kiko, a ver quien se quiere pasar de tolonga y le mostró al Chavo la cacha de un cuete que traía fajado. -Chale, dije nomas para mí, este cabrón esta loco. Me entro la paranoia; volteaba de un lado a otro, veía a los compas tumbados del barrio tirando cotorreo y pensaba, ojala nadie se la haga de pedo y le miraba las sandalias al Kiko y neta que si parecían de joto y me daba risa, pero no decía ni madres, nomas me reía pa’dentro. Llegamos a la tienda y pusimos los envases en el mostrador, yo busqué unas papitas, cacahuates, cualquier chingadera para bajar avión, apañé un paquete de papas fritas, las abrí y empecé a tragar, En eso se escucharon sirenas de patrulla y me saqué de onda, me asomé a la calle y waché el corredero de raza como si hubieran rociado Baigon, unos rancholos se metieron a la tienda y bajaron la cortina, por la ventana se veían dos tres tiras apañando banda. Volteé a ver a Kiko y el bato me hizo la seña de que me calmara, con el dedo índice sobre su boca me hizo el iris de: ¡Chitón! Seguramente me vio alterado, saqué del refrigerador una coca cola, la abrí y me la empecé a tomar, en ese momento apagaron la luz y alguien dijo susurrando que nadie hiciera ruido.

Pasaron como 20 minutos, cuando alguien de afuera golpeó la cortina y le gritó a doña Lucha que ya se había calmado todo, que abriera la tienda. A mi ya se me había bajado el avión, entonces prendieron la luz, nosotros pagamos las chelas, las cocas y la botana y nos fuimos al cantón. La calle estaba ausente, desgentada, solo se barría un cuchicheo en el empedrado que rebotaba en las paredes del barrio: los tiranos se llevaron a más de cuatro monos. El Chavo nos comento que estas redadas son muy frecuentes y mirando al Kiko le dijo: ¡para que te pongas trucha! Todos de acuerdo por lo del trueno. Ya en el cantón y con las pilas bajas nos pusimos a oír la graba, el Chavo puso un caset con rolas de Pink Floy, luego Kiko se despidió y se metió a su cuarto, antes el Chavo le apunto con el dedo índice a la espalda y haciendo el iris de que tenía una pistola le disparo.

Yo me fui a mi aposento, sacudí el catre y me acosté, pensando en que todo este desmadre no era normal. Me quede mirando el techo blanco, empecé a escuchar unos golpes secos, primero fue como si estuvieran talando un árbol, como golpeando un tronco con un machete. No fueron muchos, pero me llamo la atención que fueran breves y contundentes. Luego se vino un silencio, me levanté, crucé la sala y salí al patio, se venían las siluetas de los árboles meneándose al compás del viento, la luna estaba como mordida y hacia fresco, entonces vino un estado de friques; se empezó a escuchar un mugido como una brama, un canto de dolor, mas bien, un resuello culero. Entré de nuevo a la sala, el Chavo estaba aplastado en el sillón, seguía bebiendo y le había subido todo el volumen a la grabadora. Se me quedo de clavo como diciéndome: -¿que pedo? Le pregunté que si había oído los madrazos, los quejidos, el llanto cabrón. Me contestó: que por eso ponía la música a todo volumen, para no escuchar.

Publicado en En Veces (primera temporada) 8 de agosto de 2011.

Aiton Lara

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